Stradivari versus Guarneri


Stradivari versus Guarneri
Violín creado por Guarneri del Gesú
Grandes violines
Diario de Querétaro
1 de octubre de 2007

Por Constanza Pérez Rossi

A una tienda de violines queretana llegó una vez una pareja con un supuesto Stradivari, cuyo dueño había sido víctima de intento de asesinato -con veneno para ratas- por parte de la esposa que ambicionaba el violín. El instrumento no era sino una copia checoslovaca que no valía más de tres mil pesos. Hoy, algunos violines del afamado laudero Antonio Stradivari alcanzan un valor de ocho millones de dólares. ¿Qué magnífica característica puede tener un instrumento para hacerse tan valioso a ojos - u oídos - humanos? Tal vez sea exclusivamente su sonido, o quizá haya mucho de fetichismo. Probablemente la escasez y certeza de que nunca se construirá nada similar aumenta la codicia por ser poseedor de tal tesoro. Lo que sí es indudable es que los violines construidos por los lauderos de la Escuela de Cremona, especialmente aquellos firmados por Stradivari y Guarneri del Gesù, son los que todo violinista quisiera alguna vez tener el placer y el honor de tocar.

El violín surgió en el norte de Italia hacia 1550, aunque fue recién en el siglo XVII y comienzos del XVIII que el arte de su construcción alcanzó el máximo esplendor en los talleres familiares de los Amati, Stradivari y Guarneri.

En el apogeo del Renacimiento comenzó Andrea Amati a fabricar violines, práctica que continuaron sus hijos Antonio y Girolamo. Este último tuvo un hijo, Nicolò, quien aventajó a sus predecesores en prestigio, y quien traspasó los secretos de su arte a los dos aprendices que vivían en la misma cuadra: Antonio Stradivari y Andrea Guarneri.

Antonio Stradivari construyó 1116 instrumentos a lo largo de su vida, contando violines, violonchelos y violas. Nació en 1644 y entró al taller de Nicolò Amati cuando tenía cerca de doce años, y ya entre los dieciséis y veinte años firmaba sus primeros violines, lo cual indica que su trabajo ya estaba lo suficientemente maduro y con un nivel de excelencia que le permitía ofrecer el trabajo directamente a sus patrones. Alrededor de 1680 Stradivari se independizó definitivamente y comenzó a experimentar por sus propios medios. El año 1690 es tal vez el más relevante en términos de innovación en la construcción, forma y proporciones del instrumento, aunque sus mejores obras son los ejemplares construidos entre 1700 y 1725. El violín antiguo poseía un mango más grueso, menos inclinado hacia atrás, un diapasón más corto, un puente más bajo, y cuerdas hechas sólo de tripa, características que fueron modificadas para producir un sonido más fuerte y brillante.

Desde 1704, con el violín Betts, Stradivari llegó a los principios acústicos para la construcción de sus violines, que habrían de servirle hasta el fin de su carrera. Aunque siempre varía levemente en las dimensiones y las formas, las propiedades del tono permanecen inmutables. El laudero había resuelto por fin el mayor problema de su carrera: cómo producir el tono exacto que lograra la aprobación de sus patrones y que asegurara un futuro para sus violines.

Stradivari era alto y delgado y se le veía siempre con sus ropas de trabajo, lo cual revela la pasión y dedicación que tenía en su labor. Era metódico en su producción, lo cual le llevó a continuar con la tarea de laudero hasta su muerte; se cree que su último instrumento lo construyó a la edad de noventa y tres, dos años antes de su fallecimiento el 18 de diciembre de 1737.

El máximo rival de Antonio Stradivari era descendiente de Andrea Guarneri, quien nació en 1626 y fundó la familia que habría de darle al mundo cinco reputados lauderos, aunque ninguno demasiado productivo. Al igual que Stradivari, tuvo por maestro a Nicolò Amati entre 1636 y 1654, año en que deja su casa y comienza a trabajar en forma independiente. Si bien su labor fue extraordinaria, el más ilustre de la familia fue su nieto, Bartolomeo Giuseppe Guarneri (1698-1744), cuya reputación puede sólo ser comparada a la de Antonio Stradivari. Firmaba sus instrumentos con el monograma IHS (abreviatura griega de Jesús) y encima el signo de la cruz. De ahí el sobrenombre Guarneri del Gesù. Su vida y obra están rodeadas de misterio, uno de los cuales es el de su muerte, tal vez por causa de un crimen o de alguna menos romántica. Lo cierto es que nunca sabremos la magnificencia que podría haber alcanzado su arte de no haber muerto a tan temprana edad.

Guarneri del Gesù dejó su casa en 1722 para establecerse como laudero independiente, aparentemente desmotivado por la idea de seguir la tradición familiar. Era un hombre a quien le gustaban los placeres de la vida, entre ellos el vino, y tenía un carácter más bien errático, lo cual dificulta establecer períodos exactos en su producción. A pesar de ello, se maneja la idea de que previo a 1730 sus violines muestran ya un trabajo terminado y la obra de un artista bien entrenado, aunque es en la década del treinta que su trabajo se desarrolla, culmina, y comienza a declinar. Su labor fue siempre apresurada, pues hay que considerar que construía para el plebeyo más que para el noble; para el músico itinerante más que para los ricos. Y el precio que cobraba era acorde con el público que los recibía. De hecho, probablemente cobraba la mitad que Stradivari.

Paganini siempre prefirió a Guarneri del Gesù por sobre el resto; fue su fiel acompañante a lo largo de su carrera musical desde que lo recibiera a los quince años. Esta inclinación de Paganini se hizo conocida y fue lo que finalmente llevó a que Guarneri del Gesù se lanzara a la fama universal.

Con la muerte de Guarneri murió también la Escuela de Cremona. Los dos hijos de Stradivari ya habían muerto, así como los últimos Amati. Con la excepción de algunos ajustes relacionados con los requerimientos de la época, el violín se mantiene tal cual lo dejó el último toque del maestro antes de su muerte en octubre de 1744.

Hoy en día quedan 147 violines de Guarneri del Gesù, más la probable existencia de otros treinta o cuarenta. El número original no supera los 250, lo cual contrasta con la productividad de Stradivari, que superó los mil ejemplares. De este último quedan cerca de 650 instrumentos en la actualidad. Si se quisiera adquirir uno, habría que tener en cuenta no sólo los exorbitantes precios y la posibilidad de compra, sino también la elección entre un Guarneri y un Stradivari, para lo cuál habría que preguntarse cuál es la diferencia entre ambos.

Los violines Stradivari son famosos, entre otras cosas, por la pureza del sonido que emiten, así como por la perfección del tallado y la selección de la madera: arce para la tapa trasera, el mástil y el puente; sauce o pino para la estructura interna; pino para la parte delantera; álamo o sauce para los costados, y ébano para el diapasón. Sin embargo, se dice que lo más relevante es la fórmula del barniz utilizado, del que se rumorea que Stradivari anotó la fórmula secreta en las tapas de una Biblia, la cual nunca ha sido encontrada.

Sea por el motivo que sea, la fórmula secreta de Stradivari lograba un tono más brillante, preciso y poderoso que el de su precursor Amati, y era además menos difícil de tocar, dadas sus dimensiones más pequeñas. Estas características devienen en la extraordinaria capacidad que tienen sus instrumentos para satisfacer la necesidad de todo tipo de violinistas.

Acorde con las personalidades de cada laudero, mientras los violines de Stradivari reflejan carácter y disciplina, los de Guarneri del Gesù destacan por su virtuosismo. Su confección, a veces caprichosa, les da un aspecto más descuidado. Guarneri se esmeraba especialmente en el tono y daba a sus violines una voz poderosa, cuyo resultado era un sonido más metálico que el de Stradivari, que tenía más de madera. Guardando las proporciones, el tono de Stradivari puede compararse al del oboe, mientras que el de Guarneri del Gesù se parece más al del corno francés.

Aunque no se sepa con exactitud qué es lo que hace inconfundible a cada violín de estos maestros, está claro que el componente más enigmático de los instrumentos es el barniz, que aparte de preservar la madera y darle belleza al instrumento, le imprime su timbre de sonoridad propio. El barniz juega un papel importante tanto por su composición como por la lenta técnica de aplicación en capas, separadas hasta por varios meses. Estos procedimientos de aplicación decayeron entre los sucesores, en aras de lograr una mayor rapidez de factura, contribuyendo a que su conocimiento se perdiera hacia fines del XVIII.

Partiendo de la base que el barniz era un elemento esencial en los procesos de ambos lauderos, el doctor Joseph Nagyvary - un químico húngaro que se formó con los Premios Nóbel Paul Karrer (Suiza) y Alexander Todd (Gran Bretaña) y que desde 1968 es catedrático de bioquímica y biofísica en la Universidad de Texas - ha realizado varios estudios y dictado varias conferencias relacionadas con el tema de los barnices, auspiciados por la American Chemical Society.

Sus estudios partieron de la observación que reveló que los Stradivari se mantenían intactos a los estragos que las termitas sí causaban en otros muebles e instrumentos musicales del norte de Italia. Así, se dedicó a buscar las sustancias insecticidas usadas, que podían tener posibles efectos en la sonoridad del instrumento, las cuales resultaron ser tres principales: el bórax (un insecticida y endurecedor de la madera), fungicidas tales como la resina gomosa de árboles frutales (aparentemente Stradivari empleaba la llamada sangre de dragón, obtenida del fruto de una palmera malaya traída por Marco Polo del Oriente), y polvo de vidrio triturado, que se utilizaba como antitermitas. Estos ingredientes, junto con la perfecta construcción del violín, serían lo que le entrega al Stradivari la perfección de su característico sonido.

Para probar su hipótesis, el científico ha realizado diversos experimentos y asegura que los violines fabricados por él mismo poseen las mismas cualidades que los del afamado laudero. Lo cierto es que resulta muy difícil comparar los violines con métodos científicos, pues las mejores herramientas para detectar y procesar los sonidos siguen siendo el oído y cerebro humanos, lo que presenta problemas de objetividad y cuantificación a la hora de estudiar la calidad de los instrumentos. Por ello, Nagyvary ha llevado a cabo varias audiciones, una de las últimas utilizando un disco compacto con la violinista Zina Schiff tocando uno u otro violín para interpretar distintas piezas. El disco fue escuchado por veinte especialistas, a los cuales se les pidió distinguir el instrumento usado. El porcentaje de error y acierto fue del cincuenta por ciento. (Si desea juzgar usted mismo, puede hacerlo visitando la página http://www.nagyvaryviolins.com/, en donde están disponibles muestras de estas grabaciones).

De aquí ciertamente nos surgen varias interrogantes, como si será efectivamente el barniz el mayor mérito de los lauderos, más que la dedicación a la construcción perfecta del violín. También cabe preguntarse que, si acaso se logra realmente igualar hoy la calidad de un Stradivari o Guarneri, seguirán éstos siendo instrumentos tan preciados como hasta ahora. Si la respuesta es negativa, entonces podemos concluir que la reverencia por estos lauderos radica exclusivamente en su sonido tan característico; mas es probable que el merecido lugar que tienen Stradivari y Guarneri no sea tan fácil de ocupar, pues su labor no sólo nos deja la perfección de un sonido, sino una muestra patente del espíritu de la pasión barroca, que aúna la física, matemática y artesanía en una perfecta síntesis de intelecto y emoción.

En la clausura del VI Festival de Música Antigua en noviembre de 2004, el Teatro de la República recibió la visita de dos violines de la familia de Guarneri del Gesù. El entonces concertino de la OFEQ Erasmo Capilla tocó un Andrea Guarneri de 1653 comprado a Roby Lákatos, con quien compartió el escenario aquella noche. Làkatos, violinista húngaro de fama internacional, es la séptima generación que desciende de János Bihari, gitano húngaro admirado por Beethoven y Franz Liszt. Lákatos es el dueño de un Stradivari de 1702, que adquirió el año pasado en una subasta. Sin embargo, esta alhaja se encontraba en reparación, lo cual nos permitió gozar de la música de un Pietro Guarneri de 1710. Esta muestra de tan afamados violines, tocados por tan excelentes músicos, le permitió al público queretano que abarrotó el lugar, juzgar cuánto hay de verdad y cuánto de mito.

Cuánto estaría usted dispuesto a dar por poseer uno de ellos... Tal vez hasta el precio de envenenar a su cónyuge con veneno para ratas le parezca poco si le hicieran acreedor de tal espécimen.